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miércoles, 22 de noviembre de 2017

La Mano del Muerto, jugada fatídica



Es el nombre que se da a las dobles parejas de ases y ochos en el póquer y proviene de la Historia del salvaje Oeste.

Se trata de una vieja superstición entre los jugadores de póquer, sobre todo en Estados Unidos: las dobles parejas de ases y ochos traen mala suerte al que las lleva en una partida. A esta jugada se la conoce tradicionalmente como la Mano del Muerto (Dead Man's Hand). Tan fúnebre nombre proviene de la Historia del salvaje Oeste, o más bien de una leyenda comúnmente aceptada como verídica desde la publicación, en 1926, del libro de Frank Wilstach Wild Bill Hickok: The Prince of Pistoleers (Wild Bill Hickok: El príncipe de los pistoleros), una biografía del célebre héroe del folclore wéstern James Butler Hickok, así llamado.

Wild Bill Hickok (1837-1876) fue prácticamente todo lo que se podía ser en el Far West: conductor de caravanas, explorador, soldado, espía, agente de la ley, artista de variedades... Pero su fama se debe a sus dos más renombradas facetas: la de pistolero de inigualable puntería y la de jugador profesional de póquer. Y ambas se entremezclan en la escena de su muerte, tal y como ha pasado a la Historia gracias al mencionado libro. Lo cierto es que, el 2 de agosto de 1876, Hickok se encontraba en el Nuttal & Mann's Saloon de la población de Deadwood (Dakota) disputando una partida de cartas cuando recibió un tiro en la nuca y cayó muerto en el acto.

Era norma no escrita entre los jugadores profesionales de póquer de esa época procurar sentarse dando la espalda a la pared del local, con un doble objetivo: salvaguardarse de posibles ataques a traición y evitar que un compinche de otro jugador les espiara la mano que llevaban. Al parecer, a Wild Bill no le fue posible en esta ocasión observar dicha regla y hubo de sentarse de espaldas a una puerta trasera. Por ella se coló su asesino, un tal Jack McCall, que dijo luego vengar así la muerte de su hermano, y le descerrajó el mortal disparo. Y, según la leyenda, Hickok murió sin soltar las cartas: dobles parejas de ases y ochos, la mano fatídica.



sábado, 18 de noviembre de 2017

¿Qué fueron los 'tall tales'?



Se llamó así, en el folclore americano surgido de la conquista del Oeste, a las historias inverosímiles que contaban los pioneros.

Aunque la tradición de los tall tales no es exclusiva de Estados Unidos –también se dio en Australia o en la frontera canadiense–, tuvo allí un mayor arraigo que en ningún otro lugar del mundo anglosajón, tal vez porque fue uno de los elementos que contribuyeron a la masiva expansión hacia el Oeste y la conquista de sus territorios a mediados del siglo XIX. 

Así, uno de los atractivos que impulsaron a las familias de pioneros a dejarlo todo atrás para emprender un largo e incierto viaje en busca de una vida mejor fueron, precisamente, las fantásticas historias que se contaban sobre aquellos lugares ignotos, donde, se decía, no existía el hambre ni las enfermedades, el clima era benigno todo el año y había riqueza para todos.

Por ejemplo, circulaban tall tales sobre un muerto que había resucitado al ser llevado a California; sobre un lugar en el que los cerdos corrían por el campo ya asados y con los cubiertos clavados en el lomo; sobre vaqueros que "cazaban" tornados a lazo y los domaban cabalgando sobre ellos (ilustración de este artículo), etc. El origen de estas historias se asocia a las reuniones al calor de las hogueras nocturnas de los primeros vaqueros, tramperos y exploradores, que competían entre sí por ver quién contaba la mayor fanfarronada. Luego, la tradición oral se encargaba de transmitir estos cuentos, exagerándolos cada vez más, y muchos acababan siendo recogidos por la incipiente literatura wéstern.

Uno de los contadores de tall tales más renombrados fue Jim Bridger (1804-1881), un hombre de la frontera, trampero y guía que se hizo famoso por ser el primer occidental en alcanzar el Gran Lago Salado. Algunas de las historias que relató Bridger tenían una base real; por ejemplo, todas las relacionadas con las maravillas naturales que halló a su paso por lo que hoy es el Parque Nacional de Yellowstone: los géiseres, entonces nunca vistos, o los árboles petrificados (aunque él puso de su cosecha que en el bosque petrificado había aves también petrificadas, que aun así cantaban). Otras, las más, salieron directamente de su imaginación.