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domingo, 11 de febrero de 2018

La leyenda de Belsnickel



Resulta que Papá Noel, ya mayor, decidió un buen día reclutar ayudantes para repartir todos los regalos de Nochebuena. Así, iba encontrando diferentes personajes de distintos países dispuestos a ayudarle en la tarea. Muchos, la mayoría, eran duendes, o personajes mágicos. Pero en algunas ocasiones, también pedía ayuda a personas mayores, con tiempo e ilusión de sobra para hacer felices a los niños. Uno de ellos era Belsnickel.

Resulta que Belsnickel era un anciano amante de las montañas y la naturaleza. Vivía en una pequeña cabaña en medio de los Alpes y apenas bajaba al pueblo a comprar algunas cosas. Los niños le observaban con respeto y algo de miedo. Les parecía un hombre misterioso. Además, Belsnickel tenía el pelo largo y blanco y una barba espesa que le llegaba hasta el ombligo.

Sin embargo, a Belsnickel le encantaba los niños. Él no había podido tener ninguno, y para compensarlo, de vez en cuando bajaba al pueblo para dejar regalos sorpresa en la puerta de cada casa con niños. Solían ser figuras de madera talladas por él mismo: un pájaro, una mariposa, una estrella... Ellos, claro, no sabían quién dejaba ese regalo.

Papá Noel, que acababa de llegar a Alemania en busca de un ayudante, vio cómo el anciano se acercaba de puntillas a la puerta de cada casa, y sonrió satisfecho: tenía el candidato perfecto.

Papá Noel siguió a Belsnickel hasta su cabaña y se presentó. ¡Los dos eran muy parecidos! A Papá Noel le encantó charlar con alguien tan similar, que entendió a la perfección el recado que quería encomendarle. Belsnickel, un tanto sorprendido, escuchó con mucha atención a Papá Noel. Era todo un honor para él, y aceptó sin dudarlo. Desde entonces, sería uno de sus ayudantes, y en lugar de dejar regalos a los niños de vez en cuando, lo haría el 24 de diciembre, por la noche, cuando se hubieran dormido todos los niños, para que nadie le viera. Papá Noel le dio algunos consejos y ese mismo día, practicaron a partir de media noche.

Belsnickel ya no vio más a Papá Noel. Desde entonces, cada 24 de diciembre, recibía los regalos que debía repartir por medio de un trineo cargado de presentes y que siempre llegaba franqueado por renos. Su misión era repartirlos a todos los niños del lugar.



jueves, 8 de febrero de 2018

Una lección de Navidad



Esta la historia de Rodolfo el reno, al que nadie quería por ser tan feo, bueno eso lo decía Renato el reno viejo, que había acompañado durante muchos años a Santa Claus por el mundo repartiendo regalos.

Cuando se dobló una de sus patas ya no pudo trabajar más y se volvió un reno amargado, de mal humor, que maltrataba al rebaño e incluso a los niños. Después de haber sido tan bueno con ellos, ahora le molestaban y hasta se burlaba de los de su propia especie.

Por ejemplo cuando nació Rodolfo el reno lo primero que dijo fue: ¡Qué reno tan feo!, jaja tiene la nariz roja, jajaja, así nunca Santa Claus lo elegirá, porque lo más probable es que espante a los niños, jajaja y si un reno no trabaja con Santa Claus, para que ha nacido jajjajajajjaja

Y todos los otros renos se burlaban también de Rodolfo cantándole así:

Era Rodolfo un reno
que tenía la nariz
roja como la grana
y de un brillo singular
Lalalalalalala lalalalá

El viejo reno Renato, vivía en una cabaña en el polo norte, rodeado de mucha nieve, casi vecino con Santa Claus. Rodolfo que vivía cerca también, cuando era pequeño, veía con admiración salir a Renato el reno, que entonces era joven, junto con Santa Claus lleno de regalos.

Los padres de Rodolfo eran los renos favoritos de Santa Claus y cada navidad se iban felices a repartir regalos por el mundo. Rodolfo como era pequeño no iba con ellos, además no lo dejaban salir como a los otros renos pequeños, porque como tenía la nariz roja, sus padres se avergonzaban de él y lo escondían.

Pero Rodolfo era travieso y se escapaba, lo malo era que cuando se encontraba con el viejo reno, éste se burlaba de él, entonces Rodolfo corría hacia el bosque para esconderse y fue allí donde conoció a otros animales, los cuales se convirtieron en sus mejores amigos: Fofó el caballo, Fifí la oveja y Fefé el búho que todo lo sabe y todo lo ve. El búho le decía:

- Rodolfo, tienes que tener paciencia, los demás nos tienen que valorar por lo que somos por dentro y no por lo que se ve hacia fuera. Yo estoy seguro que ahora que ya creciste, Santa Claus te verá y te elegirá sin dudarlo. En tus ojos se ve bondad, tu amor a los niños y tus ganas de trabajar. Ya verás que ese día llegará.

- Ojalá llegue ese momento. Faltaba una semana para la navidad cuando llegó un nuevo animal al bosque, venía de muy lejos, era parecido a un caballo pero andaba lento, tenía orejas largas y paradas, era un burro, un burro tiritando de frío en el polo norte.

- Hola, soy Paco, el burrito sabanero, estoy camino a Belén ¿Es por aquí verdad?
- Uyy tú sí que te perdiste ¿De dónde vienes? , dijo Fifí la oveja.

- Vengo de la sabana venezolana, voy camino a Belén, a conocer la tierra donde nació Jesús, ya que mi tátara tátara tátara abuelo era el famoso Burrito sabanero, el que iba Belén al nacimiento del niño Jesús y ahora yo, como su tátara tátara tátara nieto, he empezado el mismo viaje pero creo que me he perdido.

- ¿Y estás solo? Preguntó Fofó el caballo.
- Sí, nadie me quiso acompañar, dijo con tristeza el burrito.

- No te preocupes, ya no estás solo, nadie puede estar solo en navidad, te quedarás con nosotros hasta que logres encontrar el camino correcto a Belén. Dijo entusiasmada Fifí la oveja.

Fue entonces cuando Rodolfo también conoció al burrito Paco.

Al día siguiente era la elección de los renos para Santa Claus, todos estaba bien bañados, peinados, comidos y hasta el hocico se habían lavado con hojas de menta que encontraron en el bosque.

Rodolfo miraba desde lejos, escondido, pero listo para salir en cualquier momento. Sus amigos Fofó el caballo, Fifí la oveja, Fefé el búho que todo lo sabe y todo lo ve y su nuevo amigo Paco, el nuevo burrito sabanero, lo alentaban para que dé un paso adelante y se presente ante Santa Claus.

Mientras tanto Santa se dirigía los renos:

- Como saben, todos los años celebramos el nacimiento del niño Jesús, él vino a la tierra a darnos un mensaje de paz y amor, para vivir en armonía, con respeto y cariño, así que para celebrar este acontecimiento es que me encargaron que todos los años entregue regalos a los niños del mundo que se hayan portado bien y como necesito ayuda, tengo que elegir a los mejores renos del universo para cada campaña navideña. Vamos a empezar con la selección, dijo Santa Claus.

A ver, párense derechos que voy a pasar a revisar las patas, el cuello, la cola, y los ojos, ya que un reno de navidad tiene que ser perfecto, debe ser fuerte, estar bien alimentado ya que el viaje es largo y el trabajo de entregar regalos es bastante duro, pero sobretodo tienen que demostrar amor a los niños.

Fue entonces cuando uno de los renos dijo:
- Bah, a mí sólo me gusta tirar del trineo, no me gustan los niños.

Santa se acercó a él y dijo: Entonces no tienes nada que hacer aquí, vamos a darle oportunidad a los que sí están interesados, retírate por favor…

Y en ese momento Rodolfo se armó de valor, gracias a sus amigos que lo alentaban y se apareció ante Santa Claus diciendo:

- Santa Clauss, con todo el respeto que se merece, aquí estoy yo, mi nombre es Rodolfo y me gustaría mucho trabajar con usted.

- ¿Asi?, hmm déjame verte, hmmm se te ve muy bien alimentado, fuerte y de buen tamaño y ¡tu nariz! ¿Qué le pasó a tu nariz?

- Así nací Santa Claus, con la nariz roja como la grana, pregúntale a mis papás, son ellos, tus renos favoritos.

Y Santa Claus dirigiéndose a ellos les dijo:
- ¿Y por qué lo ocultaron todo este tiempo?
- Perdón Santa, no queríamos que se burlen de él.

- Jamás se deben avergonzar de un hijo, un hijo es un tesoro que hay que cuidar, es un regalo de Dios, miren, Rodolfo es único con esa nariz roja jojojo estoy seguro que será la delicia de todos los niños del mundo, jojojo.

Todos se quedaron el silencio sin saber que decir hasta que sus padres dijeron:

- Si Santa es cierto, nuestro hijo es lo mejor que nos ha pasado, de ahora en adelante será diferente, será nuestro orgullo ante todos y jamás lo volveremos a esconder.

Los otros renos, se quedaron pensando y ya no se rieron más de la nariz de Rodolfo.

- Me parece que eres un reno perfecto para mis viajes, además con esa nariz roja, estoy seguro que los niños te adorarán, además tienes una mirada limpia, bienvenido al viaje de los regalos de navidad, jojojo.

- Gracias Santa, no lo defraudaré, pero antes quiero pedirle un favor, tengo un amigo que ha venido de muy lejos, es un burro que quiere conocer Belén, y ha hecho el mismo recorrido que su tátara tátara tátara abuelo el Burrito Sabanero, está aquí, pero muy perdido ¿Podremos dejarlo en Belén?

- Oh el famoso Burrito Sabanero, el que iba camino a Belén a ver el nacimiento del niño Jesús, claro que sí, que venga, es navidad, jojojo ¿Lo dejaremos en Belén!

Enseguida, se acercó Paco el nuevo Burrito Sabanero y todos juntos disfrutaron de una gran fiesta de despedida, allí estaban los renos y los amigos de Rodolfo, Fofó el caballo, Fifí la oveja y Fefé el búho que todo lo sabe y todo lo ve.

Los renos decidieron agregar unas estrofas a la canción que siempre le cantaban a Rodolfo y fue así cómo nació la canción completa.

Así Santa Claus junto a los renos llegaron a cada rincón del mundo buscando a los niños que se habían portado bien, dejándoles un hermoso regalo y en cada hogar encontraron, leche, galletas y sobretodo mucho amor, ya que veían a las familias reunidas, rezando, agradeciendo por la cena navideña, agradeciendo a Dios por la vida y la familia, celebrando que Jesús estaba de cumpleaños y que valió la pena vivir entre todos nosotros para dejar su mensaje a toda la humanidad, amar y respetar a Dios y a nuestro prójimo.



sábado, 3 de febrero de 2018

Las arañas de la Navidad



Cuenta la leyenda que un día estaban los ciudadanos limpiando sus casas el 24 de diciembre, pensando en recibir con nuevas energías la llegada de las fiestas. 

 En una de las tantas casas de Alemania vivía una familia de arañas. Como toda la gente estaba ordenando sus casas, ellas debían ir de un lado a otro intentando no ser descubiertas. Observaron entonces una familia que ponía un árbol decorado con muchas esferas de colores, allí querían poner su nuevo hogar.

Cuando la familia se fue a dormir las arañas bajaron a ver qué era ese árbol de Navidad tan bonito, pero se pusieron a jugar y se olvidaron de sus telarañas. Papá Noel llegó y vio a las arañas jugando y se divirtió mucho, pero no podía dejarlas allí, la familia se pondría muy triste si encontraba todas esas telarañas en su bonito árbol.

Entonces Papá Noel les preguntó si de verdad querían vivir en ese árbol y ante la respuesta positiva de las arañas, sopló para convertirlos en adornos que se convirtieron en uno de los accesorios típicos de los adornos navideños del árbol.

Hoy en día hay numerosos tipos de adornos navideños, y cada uno de ellos tiene un estilo diferente. Sin embargo la leyenda cuenta que todos los adornos nacieron de esta misma situación en la que Papá Noel eligió que las arañas se convirtieran en esferas y estrellas, mientras que las telarañas se convirtieron en los espumillones que hoy solemos usar para decorar el árbol de Navidad.



miércoles, 31 de enero de 2018

Los tres cerditos en Navidad



En pleno corazón del bosque vivían tres cerditos, que eran hermanos. Su vida en el bosque era muy tranquila y divertida, paseaban a menudo, cantaba y jugaban sin parar. Sin embargo, siempre les acechaba un peligro: el feroz lobo.

Un día, el cerdito mayor les hizo una propuesta a sus hermanos. ¿Y si construimos una casa donde podamos sentirnos seguros de las amenazas de ese lobo? Los hermanos estuvieron de acuerdos y, ni cortos ni perezosos, se pusieron manos a la obra.

Cada uno construyó su propia casita. El más pequeño decidió hacerla de paja ya que esta era muy blanda y se podía sujetar con facilidad. De esa manera, no necesitaría esforzarse mucho, podría terminar pronto e irse a jugar. El hermano mediano hizo su casa de madera pues había muchos troncos por los alrededores. Así terminaría en un santiamén y podría jugar.

A diferencia de sus hermanos, el cerdito mayor decidió construir su casa con ladrillos. Era consciente de que necesitaría mucho esfuerzo y que tendría que invertir más tiempo que sus hermanos pero, como recompensa, tendría una casa más fuerte y resistente. De esa manera, estaría a salvo del lobo e incluso podría ponerle una chimenea donde asar las bellotas y hacer caldo de zanahorias.

Cuando las tres casitas estuvieron terminadas, los cerditos cantaron y bailaron felices pues ya no tendrían que preocuparse nunca más por las amenazas del lobo feroz. Sin embargo, al poco rato, apareció el lobo y se dirigió directamente hacia los cerditos. Estos salieron corriendo hacia sus casas, pensando que allí estarían a salvo. Grande era el miedo, pero mayor fue el orgullo cuando los tres se sintieron seguros dentro de sus casas. Aunque esa alegría duró poco.

El lobo se dirigió a la casa del cerdito más pequeño. Después de mucho gritar y batallar con la puerta para poder entrar, sin conseguirlo, se apartó y comenzó a soplar sobre la casa. Sopló con todas sus fuerzas hasta que la casita de paja se vino abajo. El cerdito pequeño tuvo que salir corriendo para protegerse en la casa de su hermano mediano.

El lobo lo persiguió hasta la otra casita, donde los cerditos cantaban felices por haber escapado. Una vez más, el lobo arremetió contra la puerta para intentar entrar. Al ver que no podía, se alejó furioso y comenzó a soplar con todas sus fuerzas. La madera crujió y las paredes, que parecían tan fuertes, cayeron como si fueran palillos. Los cerditos salieron disparados hacia la casa de su hermano mayor.

Con un hambre atroz, el lobo persiguió a los cerditos hasta la casa de ladrillos. Los cerditos cantaban y bailaban de alegría hasta que escucharon al lobo intentando abrir la puerta, como había hecho antes. En cierto punto, el lobo se alejó y comenzó a soplar sobre la casa. Sopló, una y otra vez, pero a diferencia de las casitas anteriores, la casa de ladrillos era muy resistente y no consiguió derribarla. Entonces vio la chimenea y se le ocurrió entrar por allí.

El lobo trepó por la chimenea y comenzó a descender pero el cerdito mayor se percató y echó leña al caldero donde estaba haciendo una sopa de nabos. El lobo fue a parar al caldero de agua caliente, salió disparado de un solo brinco y no paró hasta llegar al lago. Los cerditos nunca más lo volvieron a ver.


sábado, 27 de enero de 2018

Los calcetines de San Nicolás



Hazan, Sila y Nor eran tres niñas turcas muy pobres, que vivían junto a su padre en una humilde casa. El padre estaba muy triste, porque sus hijas crecían y él se daba cuenta de que no iba a tener dinero suficiente para pagar una dote el día que quisieran casarse, ya que era típico en Turquía pagar una dote por cada hija casadera.

Las chicas eran tan pobres, que no tenían calzado, y en invierno, tenían que andar por la nieve con unos simples calcetines. Pasaron los años y las niñas se convirtieron en unas adorables jovencitas.

La noche del 24 de diciembre, llegaron de la calle y se quitaron los calcetines empapados. Los pusieron a secar junto a la chimenea. Las hermanas, empezaron a llorar. Su padre les preguntó qué les pasaba, y la mayor contestó:

- Me he enamorado de un soldado, papá, pero no me puedo casar porque no tengo dote.

- Yo me enamoré de un maestro- dijo la mediana- pero no podré casarme por falta de dinero.

- Y yo... -continuó la más pequeña- me enamoré de un músico, pero al no tener dote, no puedo hacer nada.

El padre bajó la cabeza muy triste, y todos se fueron a dormir. Lo que no sabían es que Nicolás, un obispo bondadoso que vivía en su mismo pueblo, había escuchado todo desde el otro lado de la ventana. Conmovido, se le ocurrió que podía ayudar. Esa noche, Nicolás se puso su capa y su gorro rojos y entró en la casa de las muchachas por la chimenea. Dejó un saco con dinero en cada calcetín de las chicas.

A la mañana siguiente, las muchachas se encontraron el dinero, y locas de alegría, corrieron a buscar a sus parejas. Ese mismo día, las tres muchachas se casaron, radiantes de felicidad.

Nicolás, al ver la alegría que había ocasionado ese pequeño gesto, decidió que todos los años, cada 24 de diciembre, dejaría regalos a todas las personas que pudiera. Con los años se hizo famoso, pero como nadie sabía quién era en realidad, comenzaron a llamarlo, Santa Claus.



miércoles, 24 de enero de 2018

El ayudante de Santa Claus



Papá Noel recibe cada año todas las cartas de los niños, de todos los países del mundo, y él las va archivando según lo que piden: muñecos, videojuegos, ropa... Pero tenía una carta que no podía clasificar... en ella, una niña suiza, Erika, no pedía ni juegos, ni ropa ni material escolar. Decía lo siguiente:

'Querido Papá Noel: este año no quiero que me traigas ningún juguete, porque mi hermano es tan malo que siempre me los rompe. Sólo quiero que mi hermano sea bueno y no me moleste más, ni a mi ni a mi perrita, porque siempre le está haciendo trastadas'.

Papá Noel estaba conmovido. ¿Qué podía hacer para conceder el deseo de la pequeña? Lo primero que hizo fue buscar en la lista de niños buenos. Y ahí estaba Erika, entre los primeros nombres. Según ponía en la descripción, Erika ayudaba en casa, hacía sus deberes, se esforzaba por sacar buenas notas, y por si eso fuera poco, ayudaba a los ancianos y nunca se peleaba con sus amigos.

Después buscó el nombre de su hermano. Lo que se suponía: Hans no estaba en la lista.

Papá Noel pensó qué hacer. Y entonces se le ocurrió una idea. Recordó que muchos niños suizos le pedían en sus cartas que atrapara a Krampus, un demonio de grandes cuernos y dientes afilados, que paseaba a sus anchas por el campo atemorizando a todos y llevándose en un saco gallinas y ovejas.

Papá Noel buscó a Krampus y le encontró en una granja. Era enorme, y muy peludo, y cargaba a su espalda un enorme saco lleno de gallinas.

- Krampus- le dijo al demonio- Necesito que vengas conmigo. Necesito un ayudante para asustar a los niños que se han portado mal. Pero en lugar de gallinas, les llevarás carbón.

A Krampus le gustó la idea. Le encantaba asustar a los demás, y más aún a los niños. Así que aceptó.

Esa nochebuena, Hans recibió la visita de Krampus. Él pensó que había sido una pesadilla, porque se presentó mientras dormía, pero al ver sus regalos a la mañana siguiente, se dio cuenta de que fue real. En lugar de juguetes, sólo había recibido un montoncito de carbón. Con este gesto, aprendió la lección, y no volvió a portarse tan mal en casa nunca más.



domingo, 21 de enero de 2018

El cocinero de Nochebuena



En sueños, se vio a sí mismo convertido en Papá Noel, con un abultado saco al hombro y viajando a bordo de un trineo que se deslizaba tirado por una fuerza invisible, sin ciervos ni renos. No sabía hacia donde se dirigía pero parecía que el trineo sí sabía cuál era su lugar de destino.

Finalmente, el trineo se detuvo ante la puerta de una rústica casita en el bosque, de cuya chimenea escapaba un inmaculado y cálido humo blanco. Llamó a la puerta y ésta se abrió inmediatamente, pero nadie apareció tras ella. El cocinero entró y se encontró un salón con decorado navideño, lo que le provocó una profunda y tierna sensación hogareña.

Allí había una chimenea encendida que iluminaba toda la habitación con sus llamas y de ella colgaban varios calcetines que esperaban a estar llenos de regalos. En el centro del comedor había una acogedora mesa, con velas encendidas y con todo dispuesto para ser cubierta con ricos manjares. En la casita no había nadie pero, sin embargo, se sentía acompañado por presencias invisibles.

Depositó el saco en el suelo y empezó a latir su corazón a gran velocidad y a temblarle las manos mientras abría la bolsa que no sabía lo que contenía sentado en una mullida butaca junto a la chimenea. Lo primero que apareció fue una bella sopera con una reconfortante sopa de crema, hecha con una gallina entera, aderezada con unos diminutos dados de su pechuga.

Levantó la tapa y una oleada de vapor repleto de aromas empañó sus gafas. Después, un dorado y casi líquido queso Camembert hecho al horno, con aromas de ajo y vino blanco, acompañado de un crujiente pan hizo que su boca se llenara de agua; hundió la nariz en él y lo depositó sobre la mesa.

Su tercer hallazgo fue una pierna de cerdo rellena con ciruelas pasas y beicon ahumado que venía acompañada de un sinfín de guarniciones, cada cual más apetitosas: cremoso puré de patata aromatizado con aceite de ajo y con mostaza, salsas agridulces y chutneys irresistibles, compota de manzana con vinagre y miel... ¡de ensueño!.

Dispuso la inmensa fuente en el centro de la mesa y aspiró los intensos aromas que aquella sinfonía de contrastes culinarios le ofrecía. En un rincón del salón, reparó en una mesita auxiliar dispuesta para los postres y allí colocó un crujiente strudel de manzana y nueces y una espectacular anguila de mazapán, una dulcera de cristal que albergaba una deliciosa compota de Navidad al Oporto y un insólito helado de polvorones.

Apenas podía creer lo que estaba sucediendo, se sentía embargado por la emoción. El menú tocaba a su fin y comprendió que era hora de abandonar aquella cálida casita, para dejar que sus moradores disfrutaran en la intimidad de las exquisitas viandas que había traído en su saco.

Pensó que los manjares se enfriarían si no lo hacían pronto, pero comprendió que el calor, material y espiritual, que invadía todos y cada uno de los rincones de la estancia se encargaría de mantenerlos a la temperatura adecuada. Como toque final a su visita, llenó los calcetines de la chimenea con figuritas de mazapán, polvorones y turrones, que sin duda harían las delicias de los niños... y de los menos niños.

Le despertó el borboteo de un caldo que había dejado en el fuego y que amenazaba con desbordar el puchero. Era ya de madrugada, pero aún tenía tiempo de ponerse manos a la obra y elaborar el menú de la casita del bosque. La fuerza invisible que guiaba el trineo no era otra cosa que el amor que el cocinero sentía por el mundo de la cocina.



jueves, 18 de enero de 2018

El felicímetro.


Dani estaba muy disgustado con Papá Noel. Era un niño muy bueno, pero le molestaba tremendamente ver que casi todos los años muchos otros niños, claramente más malos, recibían más juguetes por Navidad. Y fueron tantas sus quejas, que una noche el propio Papá Noel apareció con el trineo en su habitación, y le llevó con él al Polo Norte.

- Quiero enseñarte el mayor de los secretos - le dijo Papá Noel -. Si vienes te mostraré cómo decidimos cuántos juguetes recibe cada niño en Navidad.

Cuando llegaron, Santa Claus le mostró algunos raros artilugios, mientras le explicaba:

- Esto fue nuestro primer medidor de juguetes. Era una balanza, y los juguetes se regalaban por peso. Dejamos de usarlo cuando un niño recibió tantos globos que al explotar derrumbaron las paredes de su casa.

- Ese otro con forma de molde se llamaba 'igualator'. Servía para asegurarnos de que todos los niños recibieran los mismos juguetes, pero como luego no tenía gracia cambiarlos con otros niños, nadie los quería... Puff, casi me quedo sin trabajo, hubo un año que apenas recibí unas pocas cartas y tuvimos que cambiarlo a toda prisa...

Y así fue hablando de los inventos que habían utilizado; algunos realmente ridículos, otros un poco simplones, hasta que finalmente dijo:

- .. pero todo se arregló con este invento, y desde entonces cada año recibo muchos más millones de cartas que el anterior. Se llama Felicímetro, y sirve para medir la felicidad de los niños. Cuando visitamos un niño, ponemos en el felicímetro todo lo que tiene, y automáticamente nos dice los mejores regalos para él.

- Pues debe estar estropeado, a mí siempre me tocan pocos regalos... - protestó el niño.

- ¡Qué va! funciona perfectamente. Los niños que como tú tienen muchos amigos, unos papás y hermanos que les quieren mucho, son generosos y no buscan la felicidad en las cosas, tienen miles de puntos en el felicímetro, y regalarles muchos juguetes sólo podría bajárselos. Sin embargo, los niños que están más solos, o cuyos papás les hacen menos caso, o que no tienen hermanos ni amigos, tienen tan pocos puntos que da igual cuántos regalos añadamos al felicímetro: nunca pasan de la mitad... ése es el gran secreto del felicímetro: reciben más quienes de verdad menos tienen.

Como no parecía terminar de creerlo, aquella Navidad Dani acompañó a Santa Claus en su trineo llevando el felicímetro, comprobando él mismo cómo quienes más regalos recibían eran los menos felices de todos. Y no pudo evitar llorar cuando vieron un niño muy rico pero muy triste, que después de haber abierto cien regalos, pasó la noche solitario en su habitación...

Y sintió tanta pena por esos niños, que ya nunca más volvió a envidiar sus regalos y sus cosas, y se esforzó cada día por hacerles llegar a aquellos niños una pequeña parte de su gran felicidad.

lunes, 15 de enero de 2018

Rodolfo el Reno



Rudolph o Rodolfo es el nombre de uno de los nueve renos que, según la mitología de Navidad, llevan el trineo de Papá Noel por el mundo para repartir los regalos de Navidad a los niños. Es el reno más popular no solo porque es el último en unirse al trineo, pero también por su especial nariz roja. Su historia forma parte de las leyendas y cuentos de Navidad.

Érase una vez un reno llamado Rudolph que, por haber nacido con una curiosa y peculiar nariz roja, grande y brillante, caminaba solitario por el mundo. Los demás renos se burlaban de Rudolph todo el tiempo, con frases como ‘pareces un payaso’, ‘tienes una manzana en la nariz’… Rudolph se sentía muy avergonzado y cada día se alejaba más de la gente. Su familia sentía mucha pena por él.

Las bromas sobre la nariz de Rudolph eran tan molestas y constantes que Rudolph acabó apartándose de todos. Viva triste, encerrado en su casa, sumamente deprimido. Con el apoyo de sus padres, Rudolph decidió abandonar el pueblo adonde vivía y empezó a caminar sin rumbo durante días, meses, años...

Se acercaba la Navidad y Rudolph seguía solo por su camino. Pero una noche, en víspera navideña, en que las estrellas brillaban más que en otros días en el cielo, Papá Noel preparaba su trineo, como todos los años. Contaba y alineaba los 8 renos que tiran de su trineo para llevar regalos a todos los niños del mundo. Santa Claus ya tenía todo preparado cuando de repente una enorme y espesa niebla cubrió toda la tierra.

Desorientado y asustado, Papá Noel se preguntaba cómo lograrían volar el trineo si no conseguían ver nada. ¿Cómo encontrarían las chimeneas?, ¿Dónde dejarían los regalos? A lo lejos, Santa Claus vio una luz roja y brillante y empezó a seguirla con su trineo y renos. No conseguía saber de qué se trataba, pero a medida que se acercaban, llevaran una enorme sorpresa. ¡Era el reno Rudolph! Sorprendido y feliz, Papá Noel pidió a Rudolph que tirara él también de su trineo. El reno no podía creérselo. Lo aceptó enseguida y con su nariz iluminaba y guiaba a Santa por todas las casas con niños del mundo.

Y fue así como Papá Noel consiguió entregar todos los regalos en la noche de Navidad, gracias al esfuerzo y la colaboración del reno Rudolph. Sin su nariz roja, los niños estarían sin regalos hasta hoy. Rudolph se convirtió en el reno más querido y más admirado por todos. ¡Un verdadero héroe!



sábado, 13 de enero de 2018

La verdadera historia de Papá Noel



A lo largo y ancho del mundo, Papá Noel tiene múltiples y variados nombres, San Nicolás, Santa Claus, Viejito Pascualero, Padre hielo,… al igual que cambian de un país a otro las historias y formas que tienen los niños de vivir la tan esperada noche.

Lo que no varía es la figura del viejecito barrigudo, de tez rosada, vestido con traje rojo y larga barba blanca que se ha convertido en el personaje principal de las fiestas de Navidad.

Pero, ¿quién es este señor al que miles de niños de todo el mundo escriben una carta contándole cómo se han portado y pidiéndole un regalo para la noche de Navidad?. Te contamos la verdadera historia de Papá Noel.

Cuenta la historia que Nicolás de Bari nació en el siglo IV en Patara, una ciudad del distrito de Licia, en lo que actualmente es Turquía, dentro de una familia rica y acomodada.

Desde su niñez, Nicolás destacó por su bondad y generosidad con los más pobres, preocupándose siempre por el bien de los demás. Siendo todavía muy joven, el muchacho perdió a sus padres, presas de una epidemia de peste, y se convirtió en el heredero de una gran fortuna. A sus 19 años, Nicolás decidió dar toda su riqueza a los más necesitados y marcharse a Mira con su tío para dedicarse al sacerdocio.

Allí fue nombrado obispo y se convirtió en santo patrón de Turquía, Grecia y Rusia. Además fue nombrado Patrono de los marineros porque, cuenta una historia que, estando alguno de ellos en medio de una terrible tempestad en alta mar y viéndose perdidos, comenzaron a rezar y a pedir a Dios la ayuda del santo, y las aguas se calmaron.

San Nicolás falleció el 6 de diciembre del año 345. Puesto que esa fecha está muy próxima a la Navidad, se decidió que este santo era la figura perfecta para repartir regalos y golosinas a los niños el Día de Navidad. Desde el siglo VI, se empezaron a construir templos en su honor y en 1087 sus restos fueron llevados a Bari, en Italia.

Posteriormente, en el siglo XII, la tradición católica de San Nicolás creció por Europa, y hacia el siglo XVII emigrantes holandeses llevaron la costumbre a Estados Unidos, donde se suele dejar galletas o pasteles caseros y un vaso de leche a Santa Claus.

Por cierto, como curiosidad, el nombre Santa Claus se creó a raíz del nombre del santo en alemán, San Nikolaus.

El aspecto de San Nicolás de Bari era muy distinto al que se le atribuye hoy: tenía la complexión delgada y era de gran estatura. Y el hecho de que lo representen siempre con una bolsa y tenga la fama de repartidor de regalos se debe a que, en cierta ocasión, el santo tuvo conocimiento de que la hija de uno de sus vecinos iba a casarse y su padre no tenía dinero para la dote, por lo que decidió entregarle una bolsa con monedas de oro. Así, la boda pudo celebrarse y, desde entonces, cobró fuerza la costumbre de intercambiar regalos en Navidad.

Santa Claus, una imagen moderna

Aunque la leyenda de Papá Noel sea antigua y compleja, y proceda en gran parte de San Nicolás, la imagen familiar de Santa Claus con el trineo, los renos y las bolsas con regalos es una invención estadounidense. En 1823, el escritor inglés Clement Moore escribió el poema 'Una visita de San Nicolás', imaginando que Papá Noel surcaba los cielos en un trineo llevado por, al menos, nueve renos - Rudolph, Donner, Blitcher, Cometa, Cupido, Brillante, Danzante, Centella y Zorro -, y no que repartía sus regalos a pie o montando en un caballo como se había aceptado hasta entonces.

Los norteamericanos también fueron quienes le dieron su actual aspecto. En 1931, una conocida marca de refrescos encargó al caricaturista Thomas Nast que dibujara un Papá Noel humanizado y cuya imagen fuera más cercana a las personas para su campaña navideña. Así surgió el Papá Noel vestido de rojo, con cinturón y botas negras que permanece hasta hoy en el imaginario popular.

A día de hoy, la historia cuenta que Papá Noel vive en el Polo Norte acompañado de la señora Noel y de un grupo de duendes que son los encargados de fabricar los juguetes que desean los niños de todo el mundo. Cuando llega la noche del 24 de diciembre, Papá Noel carga todos sus regalos en un saco y recorre el mundo dejando los regalos de los niños debajo del árbol de Navidad.



viernes, 12 de enero de 2018

Un trato con Santa Claus



Julio estaba tan enfadado por los pocos regalos que había recibido la Navidad anterior, que la carta que escribió a Papá Noel aquel año resultó tan dura que el mismo Santa Claus fue a visitarlo unos días antes.

- ¿Por qué tanto enfado y tantos regalos? - preguntó Papá Noel- ¡Pero si tienes un montón de amigos!

- ¡Me da igual! Quiero más juguetes y menos amigos.

Y tan molesto estaba que el bueno de Santa Claus tuvo que proponerle un trato:

- Está bien. Como muchos otros niños me han pedido tener más amigos, te daré un regalo más por cada amigo al que renuncies para que se lo pueda ofrecer a otros niños.

- ¡Hecho! - dijo el niño sin dudar.. - Además, puedes quedártelos todos.

Aquella Navidad Julio se encontró con una enorme montaña de regalos. Tantos, que dos días después aún seguía abriéndolos. El niño estaba feliz, gritaba a los vientos lo mucho que quería a Santa Claus, y hasta le escribió varias cartas de agradecimiento.

Luego comenzó a jugar con sus regalos. Eran tan alucinantes que no pudo esperar a salir a la calle para mostrárselos a los demás niños.

Pero, una vez en la calle, ninguno de los niños mostró interés por aquellos juguetes. Y tampoco por el propio Julio. Ni siquiera cuando este les ofreció probar los mejores y más modernos aparatos.

- Vaya- pensó el niño - supongo que me he quedado sin amigos. Bueno, qué más da, sigo teniendo mis juguetes.

Y Julio volvió a su casa. Durante algunas semanas disfrutó de un juguete nuevo cada día, y la emoción que sentía al estrenar un juguete todas las mañanas le hizo olvidar su falta de amigos. Pero no había pasado ni un mes cuando sus juguetes comenzaron a resultarle aburridos. Siempre hacían lo mismo, y la única forma de cambiar los juegos era inventándose nuevos mundos y aventuras, como hacía habitualmente con sus amigos. Sin embargo, hacerlo solo no tenía mucha gracia.

Entonces empezó a echar de menos a sus amigos. Se daba cuenta de que cuando estaba con sus amigos, siempre se les ocurrían nuevas ideas y formas de adaptar sus juegos ¡Por eso podían jugar con un mismo juguete durante semanas! Y tanto lo pensó, que finalmente llegó a estar convencido de que sus amigos eran mucho mejores que cualquier juguete ¡Pero si llevaba años jugando con sus amigos y nunca se había aburrido de ellos!

Y tras un año de mortal aburrimiento, al llegar la Navidad redactó para Papá Noel una humilde carta en la que pedía perdón por haber sido tan torpe de cambiar sus mejores regalos por unos aburridos juguetes, y suplicaba recuperar todos sus antiguos amigos.

Y desde entonces, no deseó por Navidad otra cosa que tener muchos amigos y poder compartir con ellos momentos de juegos y alegrías, aunque fuera junto a los viejos juguetes de siempre...



martes, 9 de enero de 2018

El niño descalzo



En Navidad, podemos reservar algún momento del día para leer un cuento a nuestros hijos. Es una forma de pasar más tiempo con ellos y de paso educarles en valores de una forma sencilla.

En este caso, el cuento del Niño descalzo, basado en un cuento tradicional francés, nos habla de los valores de generosidad y bondad. Un niño que apenas tienen nada decide ser solidario con otro niño que tiene mucho menos que él. ¿Será recompensado de alguna forma?

Pierre era un niño que había perdido a sus padres y vivía con su tía, una mujer muy egoísta y avariciosa. Ella nunca le demostraba cariño. Ni siquiera le felicitaba por su cumpleaños. El pequeño, sin embargo, tenía un corazón bondadoso. Su tía era tan avara, que desde hacía tiempo no le compraba zapatos. Pierre se tallaba él mismo unos zuecos con un poco de madera.

El 24 de diciembre, Pierre estaba muy nervioso, ya que sabía que esa noche vendría Papá Noel. Esta deseando llegar a casa para dejar sus zuecos junto a la ventana. Sin embargo, al salir de la Misa del Gallo, Pierre vio a un niño muy pobre que tiritaba de frío en un rincón de la acera. No tenía zapatos y vestía de blanco. A Pierre le dio tanta pena, que se quitó uno de sus zuecos y se lo ofreció al niño.

Al regresar a casa, la tía de Pierre se enfureció al verle.

- ¡Ya has perdido uno de tus zuecos!- le gritó al niño- Ahora querrás tallar otro con uno de mis troncos para la chimenea. ¡Me lo tendrás que pagar! Por malo, esta noche en lugar de Papá Noel, vendrá el tío Latiguillo y te traerá carbón.

Pierre se fue muy triste a su cama. Pero antes dejó el zueco que le quedaba junto a la chimenea.

Al día siguiente, Pierre se llevó una gran sorpresa. Se levantó muy temprano, porque apenas podía dormir, y junto a la chimenea descubrió todos los regalos que deseaba recibir: abrigos, ropa nueva, zapatos, cuadernos para el colegio y algún juguete. Pierre fue corriendo a la ventana y al mirar al cielo, descubrió el trineo de Papá Noel que se alejaba. A su lado, viajaba un niño vestido de blanco. El niño al que le regaló su zueco. ¡Era el niño Jesús!